“Hola, bona tarda.
Me llamo Joan Manuel Serrat. Algunos de ustedes me conocerán. Escribo canciones y las canto. Tengo 82 años, gozo de buena salud y un estado de conservación más que aceptable. ¿82 años? Si, 82. Está muy bien para su edad. Eso me dicen, esperando que les devuelva el cumplido. ¿Será que la gente quiere lucir joven? ¿Verse en el retrato de Dorian Gray? De momento yo estoy encantado de estar aquí compartiendo la clausura de estas jornadas de reflexión acerca del colectivo al que se conoce como la tercera edad, las persona mayores, en fin, lo que llamaremos en confianza los viejos. Con el tiempo he llegado a eso que Pascal Bruckner llama el veranillo de la vida. Ese tiempo de propina en que a menudo el alma suele conversar con si misma. Este es un buen momento para soltar el alma. Soy un hombre agradecido con la vida y acepto el hecho natural de envejecer y los inconvenientes que la naturaleza y el tiempo demoledor me imponen con el paso de los días. Con raspones, con abolladuras, aún conservo buena parte de mis ilusiones y convivo con mis achaques. Con la ayuda de los fármacos, y de las prótesis, las gafas, los audífonos, en fin, esas cosas. Me gusta la vida, me gusta estar vivo, y sentirme útil. Por eso me rebelo contra un mundo donde se identifica a los viejos con la falta de capacidad, de talento o de preparación. Los viejos resultan incómodos para una sociedad que potencia el gasto y busca beneficios fáciles y rápidos en tanto que a ellos, a los viejos, los tienen marginados, porque consumen menos, porque tienen menos necesidades. A los viejos se les abandona en la soledad, porque la soledad, dicen, es algo inherente a la vejez y han de acostumbrarse a ella. Pero una sociedad sin solidaridad entre las generaciones es una sociedad empobrecida. Prescindir de los viejos no solo es un acto criminal, e imbécil, es como quemar los libros, es destruir la memoria. Vivir más años no significa vivir mejor, pero tampoco vivir a rastras. Envejecer es la única manera que hemos encontrado de vivir una larga vida, y queremos hacerlo con dignidad. Los viejos somos un colectivo que aún tiene mucho que aportar. Que no nos hagan invisibles, que escuchen y respeten nuestras preferencias. Que empaticen con nuestros problemas y con nuestras dificultades. Que nos tengan en cuenta en sus decisiones. Hacer otra cosa sería tirar piedras al tejado propio.
Moltes gràcies, bona tarda, i molt agraït per acompanyar-vos aquests dies.
Passi-ho bé.”

